Cuba: sobrevivir intentando “resolver”

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Cuba atraviesa hoy una de sus crisis más agudas, con la industria y el turismo en mínimos históricos y un sector energético colapsado tras el bloqueo al crudo y la pérdida del apoyo político de Venezuela desde el pasado mes de enero. En este escenario de inflación y servicios básicos al límite, la población sobrevive intentando “resolver” cada día entre apagones y falta de agua. Son ellos quienes se llevan la peor parte. En este contexto, la Iglesia en América Latina intenta mantener como una misión de esperanza. El siguiente relato de un religioso de la isla nos muestra lo que vive la gente y al mismo tiempo nos adentra en la experiencia de un Dios que camina de la mano con el que sufre.

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Son las 11:30 de la noche, todo está en silencio. La ciudad descansa después de un día de idas y venidas bajo un tórrido sol, intentando resolver. Esta es la palabra que usa el cubano para lo que nosotros llamamos “buscarse la vida”. El tiempo se escapa de las manos en las colas de las tiendas, donde conseguir algo de arroz o frijoles, una pastilla de jabón o una arandela para arreglar la lavadora. El cubano vive al día porque es imposible vivir de otra manera. Como dicen ellos, cuando hay pan no hay jamón, cuando hay jamón no hay pan. Y es literalmente así. Siempre falta algo. Mientras escribo esto, han dado las 11:40 de la noche y el silencio se rompe igual que la profunda oscuridad. En todas las casas se oyen ruido de cacharros, gente que sale por agua. Se oyen gritos, llegó la luz.

Sea la hora que sea, todo el mundo sale a poner una lavadora, a hacer la comida o arreglar algo, a ejercer su oficio, porque sin luz, sin corriente eléctrica, no se puede hacer nada. No quiere decir que con ello llegue la conexión telefónica o internet. Eso ya es un lujo que solo se puede disfrutar como mucho una hora al día, a veces de madrugada. La situación se ha ido deteriorando día a día desde que el pasado enero los Estados Unidos bloquearon la entrada de crudo en la isla. El régimen se atrinchera en un “no nos rendiremos” y pide un esfuerzo más a la población, uno más. Resulta difícil saber qué queda por sacrificar. “No es fácil” es la frase más repetida en la boca de cada persona con la que hablamos. Con la crisis del petróleo se han ido paralizando todas las todas y cada una de las actividades económicas que quedan. Quedaba viva la industria del trabajo y el turismo, cosas que ya están paralizadas. Ahora, después de la economía, le toca los servicios.

El transporte se ha paralizado casi totalmente. Los médicos y profesores se trasladan uno o dos días a la semana si hay suerte. La gente si no encuentra transporte no trabaja. Si hay corriente se hace pan, si no no. Si hay corriente puede sacar dinero, si no no. Igualmente si tienes que hacer alguno de los muchos trámites que este absurdo sistema hiperburocratizado tiene. Todo es difícil, hasta lo más sencillo, pagar con tarjeta, comprar lejía, poner una lavadora. Finalmente, cuando ya todo parecía especialmente difícil, llegó la última humillación. Ya no hay agua corriente. En concreto, nosotros llevamos ya 10 días sin agua trasladando bidones desde la parroquia. Hoy finalmente se secó el tanque allí también. Gracias a Dios contamos ya con paneles solares, con lo que los apagones no nos afectan tanto. Nosotros estamos bien. Comemos siempre lo mismo, pero comemos. Todos los días hay que tratar de resolver algo. Pero gracias, gracias. Gracias a Dios nos apañamos.

Sin embargo, en medio de tanta situación de crisis como estamos viviendo, no pasa un instante en el que la esperanza y la bendición no se abran paso como brotes de primavera, no importa cuán duro sea el invierno. La parroquia cuenta con una comunidad muy viva, que tiene ansia de Dios y que nos manifiesta cada día su agradecimiento porque estemos aquí. Es algo que les maravilla. Todo el mundo se quiere ir de aquí y nosotros decidimos venir. En cada actividad encontramos una bendición. La cara de agradecimiento cuando visitamos enfermos, la alegría espontánea de los niños en catequesis, el grupo de jóvenes que está ansioso por juntarse los sábados. La gente no para de invitarnos a su casa compartiendo lo que no tienen. “Esta es su casa”, nos dicen siempre. La gente nos ha acogido con mucho agradecimiento. Se ha comenzado el catecumenado de adultos, cursos para el matrimonio, se han organizado monaguillos, lectores. Se acompaña un coro estupendo, por cierto.

Y se están haciendo algunos acompañamientos espirituales en Cuaresma. Estamos celebrando los viacrucis, haciendo estaciones en las casas de la gente y para cada uno de ellos es como si les tocara la lotería. Poco a poco vamos reactivando la actividad pastoral en las comunidades del campo. Cuesta tiempo y tragar mucho polvo llegar hasta ellas, pero merece la pena compartir con esta gente humilde que tiene verdadera sed de Dios sin pretensiones y que disfrutan una misa como si fuera un evento grandioso. Cuba es una herida abierta en el vientre de la humanidad, contemplada por todo el mundo mientras se desangra, pero es también una escuela de dignidad. No falta maldad y cinismo, por supuesto, pero lo que desborda aquí y a veces apabulla es la generosidad. La gente sobrevive porque comparte, porque se cuidan unos a otros. Estar aquí no es fácil, pero es tremendamente humanizador. Dios se deja ver de una forma tan distinta, tan sin filtros, tan sin excusas.

A mí a veces me cuesta creer esa autenticidad, acostumbrado como está uno a la sospecha y a la superficialidad de nuestras sociedades sofisticadas. Quizás es que nunca había sentido a Dios caminando tan de la mano de la gente, tan sufriente, con la herida de su costado tan abierta. A ella nos confiamos en silencio, sin entender muchas veces qué va a pasar, renunciando a saber por qué en algunas partes del mundo Dios decide amarnos tan salvajemente.

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