Elecciones en Colombia: el desafío de la reconciliación democrática

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Colombia atraviesa uno de los momentos de polarización política más agudos de su historia reciente, agravada por décadas de violencia armada y por los dolorosos intentos de construir una paz que, una y otra vez, han chocado con el rechazo, la desconfianza y la fragmentación del tejido social. Lo que antes se discutía en términos de diferencias programáticas hoy se expresa como un enfrentamiento entre identidades, casi como una guerra de bandos, en la que el adversario no se percibe como un contrincante democrático, sino como un enemigo. En un escenario semejante, parece utópico conciliar las voluntades de un pueblo en la construcción de un proyecto de nación.

Para quien escribe estas líneas, esa polarización no es un fenómeno ajeno. Venezuela ha sido durante décadas un país de confrontación permanente que ha hecho de los ciudadanos enemigos irreconciliables. Para muchos, como yo, la única posibilidad de sobrevivir con mi familia fue huir de una sociedad en la que la política dejó de ser el espacio del debate y se convirtió en un campo de batalla. Para mí, salir de Venezuela y empezar de nuevo supuso despertar de una pesadilla y volver a soñar con esperanza. Cuando emigré a Colombia, mi deseo era vivir, junto con los míos, en un país estable, capaz de gestionar sus diferencias y respetar sus instituciones.

Ahora bien , la realidad colombiana también ha cambiado; en efecto, ha ido desdibujando poco a poco esa esperanza. Cada elección, cada campaña, cada resultado en las urnas deja una herida que tarda en cicatrizar. Los discursos se radicalizan, las redes sociales amplifican el odio y la idea de una nación compartida se desdibuja entre acusaciones mutuas. El venezolano que hoy observa a Colombia desde adentro lo hace con una mezcla de reconocimiento y alarma: reconoce los signos de una enfermedad que ya conoció, y se alarma porque sabe hasta dónde puede llegar.

Es indiscutible que el pueblo colombiano atraviesa una profunda polarización política, como se evidenció en las recientes elecciones presidenciales, en las que el presidente ganó por una diferencia de 251.854 votos, equivalente a menos del 1% del total[1]. En este escenario, los oponentes se consideran enemigos y las diferencias ideológicas obstaculizan el diálogo. Ante esto, surge la pregunta: ¿Qué clase de liderazgo requiere una nación polarizada que busca estabilidad, desarrollo y convivencia?

Un liderazgo orientado hacia el futuro no puede basarse en la lógica de la revancha ni en la tiranía de la mayoría que permite excluir a los demás[2]. Cuando la política se reduce a una ajuste de cuentas, las heridas sociales se profundizan y la confianza en las instituciones se erosiona. La gobernabilidad requiere aceptar la diversidad de opiniones como fuente de riqueza democrática, lo que ayuda a reconocer que ningún sector tiene el monopolio de la verdad. El diálogo debe ser uno de los pilares del plan de gobierno.

Aunque no pertenece al contexto colombiano, rescato lo que considero un ejemplo extraordinario de diálogo ocurrido en Venezuelay  que puede ayudarme a explicar lo que entiendo por abrir espacios de diálogo. Se trata de un acontecimiento narrado por María Corina Machado. Ella relata que en un acto público, conversó con una reconocida líder comunitaria del chavismo-madurismo, estructura política cuyos simpatizantes le han causado agresiones físicas ampliamente documentadas. Aunque se esperaba un enfrentamiento, ambas líderes se encontraron y dialogaron. Más allá de centrarse en sus diferencias y en las responsabilidades políticas, la mujer se sorprendió cuando María Corina le preguntó por sus hijos. Ella respondió que habían emigrado al extranjero, lejos de su familia. Todos enfrentamos pérdidas; un familiar que parte se vuelve exiliado o refugiado. La intención de María Corina no era aplastar a la maquinaria adversaria, sino trabajar para que estos hijos regresen a una Venezuela llena de oportunidades y ayuden a reconstruir el país, que es de todos los venezolanos. La respuesta tocó profundamente a la líder de calle, quien le dio a María Corina Machado un abrazo muy emotivo.

Más allá de las posturas políticas, existe una enseñanza importante: las personas comparten preocupaciones humanas básicas antes que ser adversarios ideológicos. El sufrimiento por la separación familiar, la búsqueda de oportunidades y el deseo de una vida digna superan cualquier afiliación política, en la que la autoridad, en lugar de buscar venganza, vive y comprende las necesidades del otro. Como dijo Nelson Mandela, “Si quieres hacer la paz con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Entonces se convierte en tu compañero”.[3]

Esto no implica promover la impunidad ni negar la importancia de la justicia. Una democracia fuerte necesita instituciones que puedan investigar, juzgar y sancionar a quienes violen la ley. La reconciliación no debe confundirse con la impunidad, y la justicia no debe confundirse con la persecución. Ambas deben estar presentes en el Estado de derecho.

Una Colombia profundamente polarizada necesita fomentar la escucha. Ser líder no solo significa conducir a una masa que lo apoya. Los líderes que dejan huella son aquellos que saben escuchar tanto a simpatizantes como a adversarios. Ellos entienden que la autoridad otorgada por las urnas no es una licencia para excluir, sino que implica representar a todos, respetando a cada uno su opinión. Gobernar significa atender las necesidades tanto de quienes celebran la victoria como de quienes la observan con preocupación o escepticismo. El progreso de las naciones depende de que sus dirigentes construyan puentes en lugar de profundizar las divisiones. El diálogo, el respeto institucional y la búsqueda del bien común no eliminan las diferencias, pero sí facilitan su gestión de manera civilizada, coherente y productiva.

El Papa Francisco sostuvo que la auténtica política no puede reducirse a la confrontación entre vencedores y vencidos. Por el contrario, la grandeza política se evidencia cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo. En esa misma línea, propone una cultura del diálogo, la amistad social y el encuentro, capaz de integrar las diferencias y superar la lógica de la polarización[4]

En una Colombia profundamente polarizada, ignorar este desafío significaría aumentar el riesgo de que las tensiones políticas se profundicen y dificulten la construcción de concensos nacionales y legítimos que toda democracia necesita para garantizar una gobernabilidad estable. La fortaleza de un gobierno no se mide únicamente por su capacidad para ganar elecciones, sino por su sabiduría para integrar las diferencias, fortalecer las instituciones y conducir al país hacia un proyecto común que inspire confianza incluso entre quienes no compartieron su propuesta política.

  • Gustavo Carrillo es Ingeniero de materiales con amplia experiencia gerencial en las industrias petrolera y metalmecánica. Actuañmente es auditor en Venezuela y Colombia. Diácono permanente con estudios de Teología. Actualmente cursa una Maestría en Teología Pastoral. Casado con seis hijos, 33 años de matrimonio, 11 años de ordenado y una hija Carmelita de Clausura.

[1] Registraduría Nacional del Estado Civil. Elecciones Presidenciales de la República 2026. Resultados oficiales de la segunda vuelta. Consultado el 29 de junio de 2026. https://resultados.registraduria.gov.co/v2/resultados/0/00

[2] Tocqueville, A. de. (2019). La democracia en América (2 vols.). Madrid: Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1835 y 1840).

[3] Mandela, N. (2013). Un largo camino hacia la libertad. Aguilar. (Obra original publicada en 1994).

[4] Francisco, Fratelli tutti. Carta encíclica sobre la fraternidad y la amistad social (Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 2020), nn. 178, 198 y 215

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