Terremoto y memoria: cuando la tierra habla, la política debe escuchar

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venezuela

En 1976, cuando apenas tenía 6 años, viajé por primera vez a Portugal. Recuerdo que en ese viaje mi papá hablaba con un amigo sobre la impresión que le había causado el terremoto de Caracas de 1967. Ese mismo año, el 29 de julio, el día del terremoto, mi padre regresaba por primera vez a Portugal. No lo hacía para quedarse, sino para casarse. A los dos meses, mi papá y mi mamá daban el sí frente al altar.

Nueve años habían pasado desde entonces y, a pesar del tiempo, el recuerdo del terremoto seguía vivo en mi padre y en su amigo. Aun cuando han pasado muchos años, nunca olvidé aquella conversación sobre el terremoto del 67. En el rostro de ambos se dibujaba el miedo. Mi papá contaba que lo primero que hizo al aterrizar en su viaje de 1967 fue preguntar por lo sucedido en Caracas. Le sorprendió que le dijeran que las emblemáticas torres del Silencio se habían derrumbado[1]. Aquella noticia le impactó tanto que pensó que, si eso era así, no volvería a Venezuela. Hay eventos que marcan nuestra vida y perduran para siempre.

¿Por cuánto tiempo estará fresco el recuerdo del suelo que se mueve, de la gente que grita, de los niños llorando en la calle, de los animales desorientados, de los autos que pasan a gran velocidad como si correr les evitara el peligro? Seguramente hablaré del tema durante mucho tiempo con mis hermanos de comunidad, mis amigos y mis familiares. Pero recordar no basta. La memoria, cuando no se convierte en responsabilidad, se queda en nostalgia; y la nostalgia, por más sincera que sea, no protege a quienes vendrán después.

¿Cómo pueden perderse tantas vidas en un minuto? Si les digo la verdad, aunque en un momento pensé que podía quedar aplastado por el techo de la casa debido a la magnitud del movimiento telúrico, cuando salí a la calle y vi que no había vecinos heridos ni edificaciones caídas o comprometidas, pensé que más fue el susto que la magnitud del terremoto.

Con esta incógnita permanecí 4 horas y media, pues cortaron la luz y no había internet. Con el restablecimiento de la electricidad me di cuenta de la magnitud de lo que sucedía. Había edificios derrumbados en Caracas y, en La Guaira, la tragedia había enlutado a varias familias. No pude evitar llorar en el cuarto cuando me fui a dormir. Todavía me cuesta hablar o escribir del tema sin que se me anude la garganta. Esta sensación de tristeza profunda invade a mucha gente. Al sentarnos a la mesa para el almuerzo, el P. Manuel Torres no pudo contener las lágrimas al sentir que todo esto le sobrepasaba. A cada instante llega alguien con una historia que contar y un fallecido que lamentar. El teléfono no deja de sonar y los mensajes no dejan de llegar. Muchos de ellos contienen fotos de personas desaparecidas cuyo paradero nadie conoce.

Para entender la magnitud de la tragedia, es preciso saber que el 24 de junio es un día feriado en Venezuela, no por San Juan, sino por la Batalla de Carabobo, evento que selló la independencia de Venezuela en 1820. Al ser un día festivo, muchas familias viajan a la playa. Quienes viven en Caracas bajan a La Guaira, donde ocurrió el mayor desastre. Algunos hoteles que alojaban a turistas venezolanos colapsaron. Muchos de los que viajaron desde Caracas no pueden regresar porque algunas vías están interrumpidas.

En La Guaira, donde se encuentran las playas, no hay luz ni señal telefónica, lo que aumenta la incertidumbre sobre el paradero de algunos familiares. En días como este, la geografía se vuelve tragedia. La misma carretera que lleva a la playa, en días de fiesta, se convierte en una ruta de incertidumbre cuando el asfalto cede o los puentes quedan comprometidos. La misma ciudad que recibe turistas queda a oscuras y sin voz, porque la luz y la señal telefónica no son lujos de vacaciones, sino arterias de una sociedad que, en medio del pánico, necesita saber si sus seres queridos siguen vivos.

Junto al miedo de muchos a perder su casa, hay otro miedo que pocos mencionan: el de no tener qué comer ni qué beber. Los dueños de casas afectadas por el terremoto se quedan frente a sus viviendas porque temen que lleguen delincuentes y se lleven, además de la comida, algunos objetos de valor. En algunas imágenes de redes sociales es posible ver a chicos jóvenes, como topos, introducirse entre los escombros en busca de algo que puedan rescatar.

La crisis se acentúa cuando la ayuda tarda en llegar o hay que hacer largas filas para conseguir agua o comida. Quienes la tienen la guardan para garantizarla por unos días; quienes no la tienen buscan cómo conseguirla, incluso a riesgo de su propia vida. Si por un lado se activa la solidaridad y la cercanía, en las zonas afectadas todos se protegen del fantasma de la inseguridad. Lo que se ve en las filas de agua y en los jóvenes que escarban entre los escombros es algo más que desesperación: es la imagen de una sociedad que ha aprendido a sobrevivir por su cuenta.

La solidaridad espontánea es conmovedora, pero no puede ser el plan principal de un país ante un desastre. Cuando la ayuda tarda y la gente guarda comida para varios días, lo que queda al descubierto es la fragilidad de un sistema de protección social que debería funcionar antes de que ocurra lo peor.

A los venezolanos, sobre todo a quienes habitamos Caracas y La Guaira, nos ha tocado vivir este año dos eventos que no se borran con facilidad. El primero llegó en la madrugada del 4 de enero, con unas explosiones que nos despertaron sin saber aún qué nombre darles. No habíamos terminado de asimilar aquel golpe, del que aún nos queda tanto por reflexionar, cuando nos sorprendió este segundo. Más allá de lo imprevisto de este último y de lo calculado del primero, no podemos permitir que lo acontecido se diluya en un recuerdo, en una anécdota que se cuenta una y otra vez. Es necesario detenerse a pensar en lo que pasó, a leer las huellas y los efectos que ha dejado: una reflexión que no busque otra cosa que evitar que el dolor del luto vuelva a tantos hogares.

1967 terminó siendo un recuerdo que no se tradujo en políticas permanentes. A medida que el pasado se apagaba, también se debilitaba el rigor de las normas de construcción. Corremos el riesgo de convertir el dolor en mero relato. Venezuela ya vivió un terremoto devastador en 1967, y durante años se habló de él como si fuera una señal de cambio. Pero el tiempo fue apagando la urgencia y, con ella, se relajaron los rigores que debieron permanecer intactos. A nosotros nos toca no repetir el mismo error. La pregunta no es cuánto durará el recuerdo, sino qué decisiones seremos capaces de tomar mientras el recuerdo aún duela.

Por supuesto, no todo se resuelve con la rigidez de una norma, sino con la inteligencia de un modo de organizarse, proyectarse y prepararse. Convertir la reflexión en políticas no significa solo endurecer las regulaciones. Significa organizar el territorio con criterios técnicos, mantener escuelas y hospitales preparados, asegurar que la información sobre daños y ayuda sea pública, y garantizar que quienes pierden todo no dependan de la suerte para comer o dormir seguros. Significa, sobre todo, entender que la prevención no es un gasto, sino un acto de respeto hacia quienes ya no están.


[1] En verdad las torres permanecieron y permanecen en pie. Éstas están en el centro de Caracas. Se trata de dos edificios gemelos caracterizados por su belleza y robustez. “Si cayó el Silencio (dijo mi padre) Caracas desapareció”.

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