
Vivimos en un país donde el miedo se convirtió en una de las estrategias políticas más poderosas. Pocos saben lo que significa el miedo hasta que lo sienten. El miedo es un arma potente que silencia, e induce a fingir que todo está bien. El miedo es un arma de negociación para quien lo infunde y una amenaza permanente para quien lo padece. En un contexto en el que cualquier acto puede ser criminalizado y se justifica la detención e incluso la desaparición de cualquier ciudadano, nadie se atreve ni siquiera a opinar.
Los gestores del miedo justifican sus acciones como necesarias para defender el Estado. Es difícil definir con exactitud qué significa ‘Estado’ en este contexto. Lo que está claro es que, en la realidad en la que vivo, el Estado no actúa para garantizar los medios necesarios para que un país alcance sus objetivos. De hecho, los fautores del miedo son, dentro del Estado, la gran maquinaria que oculta y justifica los crímenes que se cometen. En realidad, lo que el Estado garantiza es que la verdad nunca salga a la luz pública.
Víctor Quero Navas es un claro ejemplo de lo que representa un Estado que juega con el miedo de la gente. ¿Quién fue Víctor? Alguien desconocido que comenzó a ser conocido después de su muerte, gracias al dolor de su madre que conmovió a miles de ciudadanos. Víctor no fue activista político, ni agitador social, ni delincuente, sino simplemente un comerciante informal (de aquellos que improvisan en la calle un techo y, sobre una manta, colocan productos para vender) que le tocó la peor suerte. Aunque muchos dicen que fue un preso político, no parece presentar las características de alguien arrestado por representar un peligro para el gobierno. ¿Por qué lo arrestaron y por qué es tan importante su caso y su muerte?
Víctor fue detenido en las inmediaciones de Plaza Venezuela (un lugar céntrico de Caracas) el 1 de enero del 2025. Desde entonces, su madre no supo más de él hasta el 10 de mayo del 2026, cuando se anunció que había muerto en el hospital militar de Caracas. Hasta el momento no se tiene certeza de la causa ni de la fecha de su muerte, aunque se dice que falleció el 24 de julio del 2025. ¿Por qué las autoridades ocultaron su paradero durante más de un año? ¿Por qué mintió la defensoría del pueblo al informar el 24 de octubre de 2025 que Víctor estaba preso en la cárcel de Rodeo I, cuando en realidad ya había muerto? ¿Por qué ocultaron su muerte? ¿Qué peligro representaba Víctor para el gobierno? El caso se volvió aún más escandaloso cuando, nueve días después del anuncio de la muerte de Víctor, murió su madre.
No hay respuestas a las preguntas. Calificarlo como preso político no resuelve las dudas. ¿Quiénes del alto gobierno conocían su detención? ¿No fue Víctor un preso más entre los centenares de presos comunes que se meten en una celda sin justificación alguna, a manos de quien detenta el poder para hacerlo? Si fuera así, no quedaría preso durante mucho tiempo, por lo que su caso no sería tan escandaloso. Sería uno de esos casos en los que buscan extorsionar por dinero, uno más entre los múltiples que se conocen, pero no se denuncian. De Víctor, pocos sabíamos, ya que la información en la prensa estaba restringida. En un país como el mío, no es fácil distinguir qué información es cierta y qué es un invento.
Recientemente Dessire Quero, hermana de Víctor, afirmó que su hermano fue víctima de una pesquisa orquestada para alejarlo de la mujer equivocada. Esto hace pensar que estamos ante un crimen pasional más que ante una persecución política. No pretendo resolver el caso, pues no es mi tarea, pero sí me gustaría reflexionar sobre las consecuencias de un gobierno que utiliza el Estado como instrumento para infundir miedo.
Para que un Estado pueda infundir miedo necesita la complicidad de quienes trabajan en él. El cómplice es un actor, pero al mismo tiempo una víctima, ya que quien infunde miedo también tiene miedo. La amenaza es siempre silenciosa. Quienes sufren violencia tienen miedo de denunciar, lo cual las convierte en víctimas “cómplices” silenciosas que, aunque no aprueban el mal, no les queda otro remedio que ver como otros también la padecen.
La democracia venezolana, su gobierno y su Estado recurrieron a la violencia para sostener su ideal. Si un discurso humanizador y social necesita de la violencia para mantenerse, estamos ante un síntoma de un sistema deshumanizador que se esconde tras un discurso humanizador. Pareciera que actores y seguidores del gobierno estaban convencidos de que el mal podía justificarse si con ello se conseguía un mayor bien. Esta falacia fue el soporte moral que justificó las atrocidades en un país donde parece valer más las ideologías que las personas.
Un silencio lleva a otro silencio, una amenaza a otra, una complicidad se ve envuelta en otras complicidades para esconder la verdad. Así cayó preso y muere Víctor Quero. A la postre parece que nadie fue culpable. Los altos funcionarios no conocían el caso; los subordinados debían obedecer; la defensoría se amañó con quien o quienes querían que lo pusieran preso y, tristemente, Víctor terminó muerto. ¿Acaso la culpa es de Víctor por haberse enredado en líos de faldas, o es culpable quien lo mandó a aprehender para darle una lección, o quienes lo golpearon hasta dejarlo casi muerto, o la fiscalía y la defensoría por no haberse tomado el tiempo para conocer mejor el caso, o debemos echarle la culpa al sistema pervertido en el que todos estamos implicados?
Detrás de todo este sistema reinan quienes infunden miedo, pervierten y controlan. Paradójicamente a estos nadie los controla. Los habitantes tienen miedo de ser perseguidos, imputados, encarcelados o de que se le haga daño a uno de los suyos. Los ciudadanos temen que hagan pública su vida personal y la difamen, que sean asesinados por unos sicarios o que mueran en un accidente amañado. Reina el miedo entre los civiles, los funcionarios, los políticos e incluso entre quienes detentan el poder. Necesitamos de muy buena voluntad para desmontar el miedo. Mientras sigan reinando las amenazas, las complicidades y las justificaciones inmorales disfrazadas de virtud, tendremos más víctimas como Víctor Quero y su madre. La muerte de Víctor Quero refleja una gran consternación en el país, pero, al mismo tiempo, la necesidad de una profunda revisión.
Después del 03 de enero los discursos políticos se han centrado en lo económico y en la posibilidad de un país diferente. Es preciso recordar que un país no se mide solo por la riqueza que puede producir. Todos apuestan por el milagro económico, pero ¿dónde quedarán el perdón, la reconciliación, una economía que respete la antropología y los sueños de nuestra gente, un desarrollo que procure no solo el bienestar sino el buen vivir de los ciudadanos, sin miedos, sin egoísmos, sin expoliación, sin engaños y con justicia? Hasta hace unos meses, el miedo debía sostener una ideología; ahora parece que un ideal (que mágicamente borraría todo el sufrimiento) debe sostener todo un proyecto financiero. Un Estado que irrespeta los derechos humanos para durar en el tiempo, es un Estado que pervierte su propia razón de ser. Es hora de desmontar todo el aparato que infunde miedo para vivir en auténtica libertad.
¿Qué responsabilidad asumimos los cristianos en esta situación que pasó de coyuntural a estructural? Quedarnos en la mera denuncia no resuelve los problemas; tan solo los sacan a la luz. A propósito, cito un número de del reciente documento Magnifica Humanitas que parece abrir luces para una posible respuesta: “Edificar en el bien requiere un lenguaje evangélico. Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa Común, la paz— y tradúzcamoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la Justicia Social”. (MH 14)





